No. La filosofía no consiste en estar dudando de todo permanentemente. La duda puede ser un punto de partida para la filosofía, incluso una herramienta fundamental, pero no constituye por sí misma el pensamiento filosófico. Filosofar no significa vivir en una incertidumbre absoluta, sino preguntarse por aquello que creemos saber y tratar de comprender por qué lo sabemos.
Cuando el ser humano comienza a reflexionar, no lo hace desde la nada. Antes incluso de formular una pregunta filosófica ya se encuentra viviendo en un mundo que experimenta, conoce y comprende de alguna manera. Hay una experiencia previa de la realidad que constituye el suelo desde el que posteriormente puede surgir la reflexión.
El hombre no necesita comenzar su pensamiento preguntándose si existe el mundo, si existe él mismo o si aquello que está viendo es realmente aquello que ve. Puede plantearse esas preguntas, naturalmente, pero incluso para formularlas ya tiene que encontrarse de algún modo en una realidad y tener algún tipo de experiencia de ella.
Podríamos decir que la filosofía no comienza necesariamente con la negación de todo conocimiento, sino con la conciencia de que nuestro conocimiento puede ser interrogado.
Existe aquí una diferencia importante entre dudar de algo y negar que podamos conocer algo. La primera actitud puede ser filosóficamente fecunda; la segunda puede conducirnos a una especie de escepticismo absoluto. Si dudáramos realmente de todo, incluso de nuestra capacidad para pensar y dudar, nos encontraríamos ante una dificultad: ¿desde dónde estaríamos realizando esa misma duda?
Descartes llevó la duda hasta un extremo extraordinario. Su duda metódica intentaba poner entre paréntesis todo aquello que pudiera ser cuestionado para encontrar una certeza absolutamente firme. Pero precisamente el resultado de su investigación no fue quedarse en la duda, sino encontrar un punto de apoyo: pienso, luego existo. La duda se convertía así en un instrumento para alcanzar una certeza y no en una finalidad.
Esto nos permite comprender algo esencial: la filosofía duda para conocer mejor, no duda simplemente por dudar.
El hombre que vive en el mundo ya posee una experiencia de ese mundo. Percibe, recuerda, compara, establece relaciones, aprende de lo que le sucede y descubre regularidades. Esta experiencia constituye una especie de conocimiento originario sobre el que posteriormente puede construir preguntas más profundas.
Cuando un niño descubre que el fuego quema, por ejemplo, no necesita comenzar elaborando una teoría filosófica sobre la existencia del fuego. Ha tenido una experiencia y, a partir de ella, adquiere un conocimiento. Más adelante podrá preguntarse qué es el fuego, qué significa conocer algo, qué relación existe entre experiencia y verdad o incluso si nuestros sentidos son dignos de confianza. Pero todas esas preguntas aparecen después de una experiencia originaria del mundo.
Por eso, quizá sería más adecuado decir que la filosofía nace de una combinación de asombro, experiencia y cuestionamiento.
Aristóteles relacionaba precisamente el origen de la filosofía con el asombro. El ser humano se encuentra ante la realidad y, en lugar de limitarse a utilizarla o atravesarla de manera inconsciente, comienza a preguntarse por ella. ¿Qué es esto? ¿Por qué existe? ¿Por qué ocurre de esta manera y no de otra? ¿Qué podemos conocer? ¿Qué es la verdad?
La pregunta filosófica no destruye necesariamente nuestras certezas cotidianas. Más bien intenta comprenderlas, fundamentarlas y descubrir sus límites.
Por eso tampoco debemos confundir certeza con dogmatismo. Una persona puede partir de determinados principios y, sin embargo, estar dispuesta a examinarlos racionalmente. El dogmático afirma: «esto es así y no necesito preguntarme por qué». El filósofo, en cambio, puede afirmar: «esto me parece verdadero, pero quiero comprender por qué».
La filosofía introduce, por tanto, una distancia entre nosotros y nuestras propias creencias. Nos permite observar aquello que damos por supuesto y preguntarnos por sus fundamentos.
En este sentido, filosofar no es abandonar todas nuestras certezas, sino hacerlas conscientes.
Quizá la pregunta correcta no sea entonces:
«¿La filosofía consiste en dudar de todo?»
sino:
«¿De qué debemos dudar y por qué?»
Esta segunda pregunta es mucho más filosófica. Porque no toda duda tiene el mismo valor. Podemos dudar de una afirmación porque existen razones para hacerlo, porque aparece una contradicción, porque encontramos una experiencia que la cuestiona o porque descubrimos que aquello que considerábamos evidente descansaba sobre un supuesto que nunca habíamos examinado.
Pero también podemos descubrir que algunas cosas que habíamos puesto en duda tienen buenas razones para ser aceptadas.
La filosofía se mueve precisamente en ese espacio entre la certeza ingenua y la duda absoluta. Ni acepta todo sin preguntar, ni rechaza todo sin fundamento.
Por eso filosofar podría entenderse como una búsqueda racional de la verdad que parte de la experiencia humana y utiliza la pregunta y la duda como instrumentos de conocimiento.
El filósofo no es necesariamente aquel que no cree en nada. Es aquel que intenta saber por qué cree aquello que cree.
Y quizá ahí se encuentre una de las características más profundas de la filosofía: no consiste tanto en destruir nuestras certezas como en descubrir cuáles de ellas pueden sostenerse cuando comenzamos a preguntar.
